Capítulo I de la novela LA HUELLA ESCARLATA de Raúl Márquez
Táriba.
Octubre de 1987
Con manos temblorosas y el
pecho todavía agitado, la mujer se asomó al patio, iluminado por una luna inmensa.
La Catedral de Táriba se erguía contra un cielo profundo, estrellado. De
pronto, cuando se disponía a cerrar la cortina, observó unas sombras correr
calle abajo. Algunos perros ladraron, sobresaltados por el ruido de los pasos y
los silbidos. La dama de cincuenta y nueve años llamó, con premura, a su marido,
que roncaba envuelto entre las sábanas. Al cabo de unos segundos, el hombre se
incorporó, maldiciendo: «Por eso es que se lo pasa con esas toches pesadillas...».
Se asomó a la ventana,
justo después de que las sombras y los ruidos habían desaparecido en la
oscuridad de una vereda. Los ladridos habían cesado. «Bueno, no me joda más con
sus vainas y déjeme dormir; ya van a ser las tres de la madrugada y mañana
tengo que terminar de frisar el galpón de los Contreras», recriminó el albañil
de sesenta y dos años.
Tres horas más tarde,
cuando se dirigía a su trabajo, el hombre observó a un grupo de personas, entre
las que había varios conocidos, murmurando, mientras señalaban una de las paredes
perimetrales de los Contreras. Unos pasos más adelante, supo la razón.
Con asombro, leyó
aquellos nombres y apellidos, garabateados con pintura azul oscuro y escritura trémula.
Al cabo de unos minutos se enteró de que no solo los habían pintado en la casa
de los Contreras, sino en las paredes de las casas más céntricas del casco de
la ciudad. En total, cinco viviendas fueron objeto de esas inscripciones.
A lo lejos, con la
cortina de la ventana entreabierta, su mujer observaba la escena, santiguándose…
«Eso es lo que significa la pesadilla de anoche… Eso es, Dios mío…»
« ¿Será verdad que esos hombres mataron al
muchachito…? ¡Dios Santo, apiádate de nosotros!»
1
«El
cadáver fue hallado por transeúntes al borde del camino. Según los funcionarios
de la policía científica, tras el primer examen de tipo forense, tendría una
data de muerte de pocas horas. Estaba desnudo. Las manos maniatadas a la
espalda», escribí en un cuaderno de escolar, en el que últimamente apunto los
datos, puesto que las libretas tradicionales, de esas azulitas, marca Caribe, están muy caras, y en la
redacción no nos han dado más.
Al
cabo, me dispongo a tomar las fotos respectivas. Me dirijo al carro, extraigo
mi Panasonic Lumix, busco el encuadre
más conveniente y aprisiono el botón. Alertado por el chasquido del obturador,
uno de los tres funcionarios, que en ese momento llevaban a cabo el estudio
planimétrico, me miró de soslayo, soltó la cinta métrica, se puso de pie y me
dijo que no tomara fotos.
—Tranquilo,
viejo. Yo sé tomar este tipo de fotos; llevo varios años en esto… Ustedes salen
de espalda —expliqué, mientras seguía tomando fotos, pero esta vez, a una garza
roja que retozaba entre un amasijo de troncos y ramas, a unos metros de la
escena del crimen.
—Eso
espero… —dijo el detective, con cara de pocos amigos, para luego agacharse,
nuevamente, y proseguir con las experticias correspondientes.
Aunque
debido a la hora ya no se podría publicar la nota en la edición del siguiente
día; de inmediato, me subí al auto y lo enfilé en dirección al apartamento, con
el fin de escribirla y enviarla al departamento de corrección, vía correo
electrónico.
Eran
las seis de la tarde de un jueves cualquiera. Una hora después estaba
enviándola. Quise cerrar esa historia cuanto antes, para poder concentrarme de
nuevo en la página especial que se publica los domingos, y que, en honor a la
verdad, en esa ocasión, todavía estaba bastante cruda.
Calenté
el arroz y algo de pollo guisado que me quedó del almuerzo. Me senté frente al
televisor y me dispuse a cenar, cuando una canción de Caramelos de Cianuro me advirtió que me estaban llamando. Dejé el
plato a un lado del mueble, busqué el celular, que estaba cargándose en un
tomacorriente de la cocina. Era Luis, el fotógrafo del diario: que había otro `mortadelo´
cerca del sitio donde hallaron el de la tarde. « ¡Mierda, chamo! ¿Como que
están haciendo limpieza?». «Eso parece… Vas a venir o tomo los datos». « ¿Ya
llegó la policía científica?». «Están llegando…». «Dale. Voy para allá».
A
unos diez metros de donde habían hallado el cadáver del hombre desnudo, una
dama, al parecer, estrangulada, yacía entre matorrales. Era de tez blanca. Los
peritos le calcularon unos treinta años de edad. También estaba desnuda y con
las manos atadas, pero en este caso, hacia adelante. Sus pechos, tan
simétricamente redondos, y el contorno abultado de sus nalgas, sin duda eran el
resultado de cirugías estéticas.
Vale
acotar, que, desde hace años, esa zona es utilizada como sitio de ejecución o de
liberación de cadáveres. Está ubicada a unos kilómetros de San Cristóbal, cerca
del Puente Libertador de Táriba. A unos cuantos pasos, se encuentra el río
Torbes, rodeado de basura, escombros y malos olores. Se observan, además,
debajo de la estructura metálica, algunos cambuches donde suelen pernoctar mendigos,
callejeros y carteristas de poca monta, quienes sobreviven intoxicados,
aspirando cocaína de segunda y otras sustancias psicotrópicas que adquieren a
los llamados «jíbaros» o microtraficantes, que operan en diferentes sectores de
la ciudad.
—Buenas
noches. ¿Usted de qué diario es? —me abordó de improviso el mismo detective que
me había increpado en cuanto a las fotos horas antes.
—Vea
usted mismo…—dije, mostrándole el carnet a la luz de los faros de una de las
patrullas de la policía estadal, que como en una sala de teatro, se proyectaba
sobre la escena del crimen.
—Hágame
un favor: le voy a dar mi correo para que me envíe las fotos; las de la tarde y
estas…
—
¿Y eso por qué? —inquirí con recelo.
—No
se altere, licenciado… Es que los nuevos que cumplen guardia hoy son tan toches que no trajeron la cámara, ni en
la tarde ni ahora. Y las fotos que están tomando con sus celulares son muy
malas.
—Bueno.
Está bien—repuse, en momentos en que llegaba el equipo reporteril del otro
rotativo de la ciudad.
—Le
llegó la competencia, amigo—indicó el funcionario, antes de apuntar en mi
cuaderno su correo electrónico y dirigirse, lentamente, a la unidad
forense.
—
¿Me da su nombre, por favor?
—Florencio
Márquez… Hace días fui trasladado de la frontera. Seguimos en contacto.
—Dele,
pues —dije.
Al
rato, saludé a Pedro y a Manrique. Compartimos información básica sobre ambos
crímenes. Si bien la competencia existe, y es parte del oficio, sobre todo, en
la fuente de Sucesos, mi relación con los colegas de otros medios siempre ha
sido afable y respetuosa. Por supuesto, cuando encuentro datos y detalles
exclusivos, me los reservo; así como ellos también lo hacen, de ser el caso.
Son códigos tácitos convenidos en esta labor, que solo se aprenden en el
diarismo de calle, en el día a día de la profesión.
De
nuevo en el apartamento, llamo a Patricia. Los niños estaban dormidos. Me
preguntó sobre los casos, de los que se enteró por la información que publiqué
en Twitter. Me comentó de su día, de
los niños, y también de que el cilindro de gas está que se acaba y el camión
distribuidor no pasó por el barrio la fecha que le correspondía. «Cuídate. Y
recuerda que mamá está de cumpleaños el sábado y vamos a partirle una torta». «Claro.
Tranquila. Mañana voy a darle duro al trabajo del domingo para viajar el sábado
temprano», precisé, a manera de despedida.
Luego
de calentar de nuevo la comida en el microondas y comer con cierto afán, me di
una ducha rápida y estuve un rato revisando lo que hasta ese momento había
escrito sobre un crimen acaecido hacía más de veinticinco años. Caí en la
cuenta de que, coincidencialmente, el cadáver del chico fue liberado cerca del
Puente Libertador. « ¡Qué vainas!» exclamé en voz alta.
El
caso provocó indignación en la colectividad tachirense de finales de los
ochenta. Algunos vecinos del sector, con quienes había conversado días atrás,
coincidían en afirmar que la verdad nunca fue develada. Según ellos, una red de
complicidades y silencios cercó las pesquisas; amañó el proceso. «Metieron
preso al más toche. Como siempre las
influencias y el dinero se salieron con las suyas», me dijo un septuagenario,
que vende raspados en las
inmediaciones de la catedral de Táriba. «Él en una oportunidad vendió perros
calientes en esta misma plaza. Todavía lo recuerdo echándoles broma a las
muchachas que pasaban por aquí. No se merecía una muerte tan cruel», subrayó el
anciano, mientras me entregaba la refrescante bebida.
La
última parte de mi crónica trataría de la captura del presunto asesino del
adolescente. El incriminado insistía en su inocencia; en que él era solo un «chivo
expiatorio». Su abogado y familiares denunciaron, a través de los medios
impresos y radiales de la época, que se trataba de una treta urdida por los
verdaderos culpables, miembros de poderosas familias de la entidad, de acuerdo
con sus declaraciones.
«Mañana
veré cómo le saco información al viejo Gabriel, para redondear esta historia»,
dije, otra vez, a un interlocutor invisible. Apagué las luces. Me fui a la
cama. Al rato, Silvestre saltó a la cama y se acostó entre mis pies.
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