El crepitar de la nostalgia

 

 Por Raúl Márquez

 El abuelo solía regañarme porque, para aquel entonces, ese chico de 11 años, recién llegado de la capital, no sabía lo que era ´atizar el fuego´ y en dos oportunidades dejó que las llamas se apagaran. « ¡Estos caraqueños no saben un carajo!» increpaba entre dientes, mientras acomodaba la leña y se disponía a encender de nuevo aquella hoguera, cuyo recuerdo, treinta años después, aún enciende la nostalgia de mi alma.

La finca de los abuelos quedaba cerca de la frontera con Colombia, a más de 900 kilómetros al occidente de Caracas. Recuerdo que el episodio en cuestión ocurrió durante mi primera visita. Entonces, papá y mamá ya no se aguantaban más. El divorcio era lo mejor para todos, sobre todo, para mí. Tres días antes de partir mi madre me lo explicó, con voz temblorosa y mirada perdida.    

Si bien, ese viaje significaba para mí una experiencia nueva y alucinante, pues eran mis primeras vacaciones lejos de la ciudad, para ellos era parte de una terapia: un último intento por encender la llama que, finalmente, solo trajo frustración y terminó de desnudar una realidad que ya era insostenible.

Mi abuelo lo sabía, y aunque no era capaz de expresarlo con palabras, lo hacía con un gesto cauto de sus manos callosas, de dedos gruesos; con la luz de sus miradas, que navegaban entre la tristeza y la compasión; con sus silencios, profundos, más prolongados de lo normal.   

En ese momento de mi vida yo era un muchacho frágil y tímido. Introvertido hasta el tuétano. Eso explicaba que cuando el abuelo Juan de Dios me despertaba a las cinco de la mañana para irnos a cosechar yuca y plátano, atravesáramos los platanales como dos almas en pena, sumido cada cual en su mundo: dos sombras iluminadas por las primeras luces del alba, bordeando las hileras verdes.

A principios de septiembre, mamá llamó a la finca. Ya no prolongarían la farsa. Y tal y como luego nos lo explicó la abuela, se separarían en los mejores términos. Los bienes serían repartidos según lo imponía la ley.

Desando la casa de los abuelos y aún me parece escucharlos conversar en la cocina. Sus voces apagadas, sutilmente, por los sonidos que desde siempre han campeado en estos potreros, incrustados entre el llano y la montaña: el bramido de las vacas, el viento de la tarde desandando entre los cañaverales, el rumor del río, en donde solíamos bañarnos las tardes de aquellos veranos ardientes.  

En octubre debía volver a Caracas, pero no lo hice. Estoy sentado en la sala de esta vieja casona y aún en mi mente permanece intacta la imagen de mis abuelos junto a mi madre, sentados en estos mismos muebles, conversando sobre mi futuro. «Es mejor que se quede con nosotros», dijo la abuela, con esa contundencia que la caracterizaba en los momentos cruciales.

Con el tiempo, supe atizar el fuego, sembrar, cosechar, atender a los cochinos y ordeñar las vacas. Mi abuelo me llevaba a la escuela y me buscaba en su vieja motocicleta. Fue una época de contrastes, en la que a pesar de todo, superé los vaivenes propios de la adolescencia, educado a la vieja usanza, con mano dura, pero al mismo tiempo, con comprensión.    

Pasaron los años y la vida prosiguió su rutina interminable. Primero fue la abuela la que nos dejó. Su cuerpo no aguantó las quimioterapias. Dos años después, la nostalgia se convirtió en un paro cardiaco para el abuelo.

Mis hijos están por salir de la escuela. La misma escuela en la que a esta hora esperaba al abuelo a finales de los ochenta. En aquellos días, al escuchar a lo lejos el motor de su motocicleta, algo se removía en mí, como ahora, que lo recuerdo junto a la abuela, regresando de los sembradíos, y el aura de su presencia me otorga esa dosis de sosiego que me sostiene cada día.


(Imagen del autor: Atardecer en El Piñal, Táchira, Venezuela)  

     

Comentarios

Entradas populares