El crepitar de la nostalgia
Por Raúl Márquez
La
finca de los abuelos quedaba cerca de la frontera con Colombia, a más de 900
kilómetros al occidente de Caracas. Recuerdo que el episodio en cuestión
ocurrió durante mi primera visita. Entonces, papá y mamá ya no se aguantaban
más. El divorcio era lo mejor para todos, sobre todo, para mí. Tres días antes
de partir mi madre me lo explicó, con voz temblorosa y mirada perdida.
Si
bien, ese viaje significaba para mí una experiencia nueva y alucinante, pues
eran mis primeras vacaciones lejos de la ciudad, para ellos era parte de una terapia:
un último intento por encender la llama que, finalmente, solo trajo frustración
y terminó de desnudar una realidad que ya era insostenible.
Mi
abuelo lo sabía, y aunque no era capaz de expresarlo con palabras, lo hacía con
un gesto cauto de sus manos callosas, de dedos gruesos; con la luz de sus miradas,
que navegaban entre la tristeza y la compasión; con sus silencios, profundos,
más prolongados de lo normal.
En
ese momento de mi vida yo era un muchacho frágil y tímido. Introvertido hasta
el tuétano. Eso explicaba que cuando el abuelo Juan de Dios me despertaba a las
cinco de la mañana para irnos a cosechar yuca y plátano, atravesáramos los
platanales como dos almas en pena, sumido cada cual en su mundo: dos sombras
iluminadas por las primeras luces del alba, bordeando las hileras verdes.
A
principios de septiembre, mamá llamó a la finca. Ya no prolongarían la farsa. Y
tal y como luego nos lo explicó la abuela, se separarían en los mejores
términos. Los bienes serían repartidos según lo imponía la ley.
Desando
la casa de los abuelos y aún me parece escucharlos conversar en la cocina. Sus
voces apagadas, sutilmente, por los sonidos que desde siempre han campeado en estos
potreros, incrustados entre el llano y la montaña: el bramido de las vacas, el
viento de la tarde desandando entre los cañaverales, el rumor del río, en donde
solíamos bañarnos las tardes de aquellos veranos ardientes.
En
octubre debía volver a Caracas, pero no lo hice. Estoy sentado en la sala de
esta vieja casona y aún en mi mente permanece intacta la imagen de mis abuelos
junto a mi madre, sentados en estos mismos muebles, conversando sobre mi
futuro. «Es mejor que se quede con nosotros», dijo la abuela, con esa
contundencia que la caracterizaba en los momentos cruciales.
Con
el tiempo, supe atizar el fuego, sembrar, cosechar, atender a los cochinos y
ordeñar las vacas. Mi abuelo me llevaba a la escuela y me buscaba en su vieja
motocicleta. Fue una época de contrastes, en la que a pesar de todo, superé los
vaivenes propios de la adolescencia, educado a la vieja usanza, con mano dura,
pero al mismo tiempo, con comprensión.
Pasaron
los años y la vida prosiguió su rutina interminable. Primero fue la abuela la
que nos dejó. Su cuerpo no aguantó las quimioterapias. Dos años después, la
nostalgia se convirtió en un paro cardiaco para el abuelo.
Mis hijos están por salir de la escuela. La misma escuela en la que a esta hora esperaba al abuelo a finales de los ochenta. En aquellos días, al escuchar a lo lejos el motor de su motocicleta, algo se removía en mí, como ahora, que lo recuerdo junto a la abuela, regresando de los sembradíos, y el aura de su presencia me otorga esa dosis de sosiego que me sostiene cada día.
(Imagen del autor: Atardecer en El Piñal, Táchira, Venezuela)
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